Y llegó la tortura anual. Se acercó lentamente casi sin que me diera cuenta. En puntas de pie, despacio y sin un solo ruido. Pero finalmente llegó, me atrapó bruscamente y no pude decir nada. No puedo evitarlo, ni yo ni nadie. Lo único que me queda es encerrarme y prender el aire acondicionado para ver cómo afuera la gente se deses

pera caminando acalorada.
Maldito calor pre-verano. Lo odio en
Buenos Aires.